La peor madre del mundo


Pasaban los días y no lo lograba, no aguantaba el dolor en mis pezones, producía leche, pero cada que escuchaba a mi bebé llorar me daba pánico de que su llanto fuera por hambre. Asumo que no soy la única persona a quien le ha sucedido algo así, pero en ese entonces me sentí la peor madre del mundo.


Antes de embarazarme tenía claras las virtudes destacadas de la lactancia materna: protege a los bebés de infecciones porque fortalece su sistema inmune y, sobre todo, fortalece el vínculo afectivo entre la madre y el bebé. De hecho, la investigación sobre sus beneficios no se detiene: un estudio de 2015 en Brasil evidenció que personas que recibieron leche materna durante más de doce meses tienen mayor coeficiente intelectual y, por lo tanto, desarrollo profesional en su vida adulta, en comparación con quienes la reciben menos de un mes. (https://www.neurologia.com/noticia/5078/la-lactancia-materna-prolongada-aumenta-el-cociente-intelectual-a-largo-plazo)


¿Qué mujer que está en un embarazo deseado no anhela vivir la escena de estar una mañana soleada, vestida con un camisón blanco, sentada en una mecedora al lado de la ventana amamantando a su recién nacida con una mirada de absoluta tranquilidad? ¿Y quién no querrá darle esa ventaja que puso en evidencia aquel estudio brasileño?

Plantearse tales expectativas es lo más sencillo, pero que se cumplan no dependen de una voluntad persistente. Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012, en México, una de cada 5 mujeres con un recién nacido puede presentar depresión posparto, lo que limita que se pueda realizar la lactancia. El desajuste bioquímico en el cerebro de esa mujer hace imposible el que esté dispuesta a transitar el proceso de acomodo entre ella y su bebé para poder amamantar. Ese fue mi caso.


A las dos semanas del nacimiento de mi hija me diagnosticaron ansiedad y depresión posparto. Me sentí derrotada. El medicamento psiquiátrico que me indicaron para tratarlas era compatible con la lactancia, eso me animó y me hizo intentar pegármela al pecho otros días más, sobre todo porque sí estaba produciendo leche. Pero los días pasaban y yo no mejoraba: mi ansiedad crecía, la herida de mi cesárea no cerraba, me sentía absolutamente incapaz de ser madre, me preguntaba ¿qué hice?, ¿cómo me voy a hacer cargo de esta pequeña si me siento absolutamente quebrada?, mis pezones sangraban y el dolor mientras le daba de comer era tremendo (era claro que no estaba pegándomela correctamente).


El camino fue cambiar el medicamento psiquiátrico, pero está vez fue uno incompatible con la lactancia. No había otro camino para mi recuperación y para que mi bebé estuviera bien alimentada, más que dejar de amamantar. La terapia psicológica y la firmeza de su pediatra me ayudaron a aceptar la situación. Sacarme la leche de los pechos mientras me bañaba fue doloroso, la idea que animó fue: “si quiero estar bien para mi bebé, debo recuperarme y si para recuperarme necesito el medicamento, lo tomaré”. Su pediatra fue muy clara: “no sufras, el vínculo con tu bebé puede ser tan estrecho si al darle la mamila con su fórmula la miras a los ojos y lo haces con todo el cariño del mundo”, en realidad eso era lo que más me pesaba, no vivir la escena aquella de las dos en la mecedora.

Con el paso de los días, mi medicamento, la terapia psicológica, mi niña sintiéndome más tranquila, alimentada adecuadamente con fórmula por su papá durante todas las noches mientras yo dormía, volví a la vida. En el día yo le daba la mamila y disfrutábamos esos momentos.



Del 1 al 7 de agosto se realiza la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2021 (https://www.paho.org/es/campanas/campana-semana-mundial-lactancia-materna-2021) promovida por la Alianza Mundial para la Acción sobre Lactancia Materna (WABA, por su sigla en inglés), ante ello me parece oportuno recordar situaciones por las que a veces no se logra.


La avalancha de mensajes que hacen ver a la lactancia materna como única alternativa para lograr el vínculo emocional entre la madre y el bebé no considera excepciones como cuando la mujer padece depresión posparto. Es importante empezar a hablar de ello para reducir la culpa entre quienes no podemos lograrlo por causas que no están ni en nuestra voluntad ni en nuestras manos. Tan solo en México, si se calcula que en año 2019 hubo 2 millones de nacimientos, al menos 400 mil mujeres madres de esos bebés padecieron depresión posparto.

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