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El juego y la fantasía


Elena Laguarda

“Lo único que ha cambiado con el tiempo es aquello a lo que jugamos”

Pablo Berrecheguren, 2021

El juego es una capacidad humana en todas las civilizaciones a lo largo de la historia. Unas piedras pulidas, palitos de la suerte, una soga, una muñeca… Resulta imposible saber el momento en el que nació, pero ha sido una actividad esencial para la humanidad. ¿Quién de nosotros y nosotras no jugó en su infancia?, ¿quién no lo sigue haciendo?

En general, todas las personas juegan, pero es vital para el desarrollo infantil. Durante la infancia, el juego ayuda a crear conexiones, obtener conocimientos, habilidades emocionales, cognitivas y físicas y competencias sociales. El juego es una experiencia fundamental a la que las infancias tienen derecho, como se señala en la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

Las infancias recurren al juego libre como algo innato. La neurociencia nos permite saber que esto es posible pues el cerebro recrea de manera vívida las imágenes, sonidos, olores y sabores que se plantean en una historia de juego. Incluso se encienden las áreas correspondientes a las zonas motrices cuando se juega a echarse a volar, o nadar con sirenas. Esto es gracias a la fantasía, el nivel más elevado de imaginación. Esta se refiere a la capacidad humana para pensar y crear mundos, hechos, sucesos o situaciones que pueden ser posibles o imposibles, reales o irreales. Es uno de los procesos cognoscitivos superiores que permite planificar y llevar a la vida lo que sólo habitaba en nuestra mente. Sin ella es imposible acceder al conocimiento humano. Nos permite reproducir mentalmente las causas, plantear premisas e hipótesis, inventar soluciones o alternativas, es lo que le ha permitido a la humanidad desarrollarse.

La fantasía se alimenta de la realidad interna y externa, nos permite asociar acontecimientos distantes y darles significados distintos, como el hecho de juntar la idea de un dragón con la experiencia de ser niño y darle al ser alado la facultad de hablar. Con ella podemos disfrazar a la intolerancia de hechicera o encerrar a la maldad en una planta carnívora. También cumple una función imprescindible en la vida, no solo como la puerta de escape a la realidad, sino también como la posibilidad de reparar internamente lo vivido. Gracias a ella, transformamos la realidad que muchas veces nos es insatisfactoria, contemplamos el mundo desde diferentes perspectivas e incluso estimulamos nuestra propia creatividad.

La fantasía está siempre presente en el juego y hace posible soportar, entender o superar conflictos emocionales y contradicciones vividas en la interacción con quienes nos rodean. De ahí, que la actividad favorita en la niñez sea jugar. Con el juego, las infancias crean un mundo propio, sitúan simbólicamente su realidad en un nuevo orden más llevadero. Así, pueden convertirse en mamás o en heroínas poderosas, pueden crear un mundo en donde se les apapacha y acuna con un rebozo mágico o encerrar a su nuevo hermano en un cajón que lo llevará a otro universo. La niñez juega y fantasea continuamente, pues en su mundo interno todo es posible, es quien crea las reglas y argumentos.

El juego también es el espacio en donde puede vivir los “qué pasaría” para modificar su propia estructura psíquica al elaborar duelos, crear alternativas, ampliar la visión que tiene sobre su persona, permitiéndose explorar versiones de sí en distintas escenas imaginarias. Finalmente, la fantasía y el juego son el campo en donde los sujetos y objetos pueden ser destruidos y reconstruidos.


De ahí sale el juego guiado y estructurado por un mundo adulto que busca brindarle a la infancia herramientas para enfrentar la vida. Establecer el juego como herramienta educativa es trascendental, pues le permite a quienes son menores de edad analizar realidades, plantearse retos, desarrollar habilidades e incluso confrontar su propia visión y conducta, así como la de otras personas, desde un lugar seguro. Esto fortalece su capacidad de mentalizar, atribuir pensamientos y sentimientos a su persona y a quienes le rodean. A través del juego, se le puede invitar a identificar y a explorar las intenciones de quienes les rodean y las propias. A la par que les permitimos gozar de la experiencia e integrar el conocimiento y las habilidades de una manera significativa.

Al jugar, la infancia asimila nuevas vivencias que conectan con las realidades que ha vivido y logra construir una comprensión cada vez más profunda de su propia vida, acomodando las experiencias viejas y desarrollando nuevos conceptos, ideas o soluciones. Le ayuda incluso a ir afianzando su propia identidad.

De ahí la importancia de respetar el juego libre, pero también jugar con la infancia a nuestro cargo, divertirnos, fantasear, sacar a pasear a nuestro niño o niña interna. Es en el juego en donde también es posible establecer vínculos y momento significativos.




 
 
 

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