Depresión, dolor invisible en infancias y adolescencias
- elenalaguarda

- 11 ene
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El Día Mundial de la Lucha contra la Depresión no es una fecha simbólica más. Es una oportunidad urgente para visibilizar una realidad que atraviesa a miles de familias: la depresión. Una de las condiciones de salud mental más graves, más invisibilizadas y más malinterpretadas, especialmente cuando se presenta en niñas, niños y adolescentes.
La depresión no es tristeza, ni flojera, ni dramatismo. Es un trastorno del estado de ánimo con bases neurobiológicas, psicológicas y sociales, que altera profundamente la forma en que una persona percibe la vida, se percibe a sí misma y se vincula con el mundo. Afecta el pensamiento, la emoción, la conducta y el cuerpo. Y puede coexistir con risas, buen desempeño escolar y aparente “normalidad”. Funcionar no equivale a estar bien.
Muchas infancias y adolescencias deprimidas siguen adelante porque han aprendido a ocultar su malestar, porque temen preocupar a las personas adultas que aman, o porque no cuentan con el lenguaje emocional para nombrar lo que sienten. El sufrimiento puede permanecer invisible durante mucho tiempo.
La depresión no siempre se ve como esperamos
En estas etapas, la depresión suele manifestarse de forma distinta a la adulta. Algunas señales de alerta incluyen:
Irritabilidad persistente o cambios bruscos de humor
Aislamiento social o desconexión emocional
Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban
Alteraciones en sueño y alimentación
Cansancio constante o desmotivación
Dificultades de concentración y bajo rendimiento escolar
Baja autoestima o culpa excesiva
Sensación de vacío o desesperanza
Quejas físicas recurrentes sin causa médica clara
Comentarios sobre no querer existir o sobre la muerte
No se trata de diagnosticar desde casa, sino de reconocer señales y actuar a tiempo.
El cerebro en desarrollo: una vulnerabilidad real
El cerebro de niñas, niños y adolescentes aún está en proceso de maduración, particularmente en áreas clave para la regulación emocional, el control de impulsos, la toma de decisiones y la gestión del estrés. Esto significa que, ante emociones intensas como la angustia profunda o la desesperanza, pueden sentirse desbordados sin contar todavía con herramientas internas suficientes para comprender lo que les ocurre ni para pedir ayuda de forma clara.
Cuando el mundo adulto minimiza su experiencia con frases como “no es para tanto” o “solo es una etapa”, el mensaje que reciben es que su dolor no merece atención. Y en salud mental, el silencio también puede ser una forma de abandono.
Tecnología como escape emocional
Hoy, además, observamos una realidad cada vez más frecuente: muchas infancias y adolescencias están utilizando redes sociales, videojuegos y plataformas digitales como forma de huir de emociones que consideran incómodas, dolorosas o inaceptables. No se trata de demonizar la tecnología, sino de comprender que está siendo utilizada por las infancias como una forma de gestión emocional.
Cuando la pantalla se convierte en el principal regulador emocional —para no sentir, no pensar, no enfrentar— se construye un círculo vicioso: cuanto más evitan el malestar a través de la desconexión digital, más crece la ansiedad, la confusión interna y la dificultad para reconocer lo que sienten. La evasión momentánea ofrece alivio, pero no resuelve el fondo del dolor ni ayuda a construir una ruta para llevarlo a cabo.
Por eso, además de acompañarles y enseñarles a utilizar los dispositivos, es fundamental fortalecer la educación emocional, los espacios de escucha y los vínculos seguros.
Cuando buscan ayuda en espacios que no son terapéuticos
Otro fenómeno preocupante es que muchas adolescencias, por no angustiar a sus personas adultas confiables o no poder mostrarse vulnerables ante ellas, buscan respuestas sobre su malestar en internet, foros o plataformas automatizadas. Aunque algunos espacios pueden darles la sensación de que les están ofreciendo contención inicial, debemos dejarles claro que no sustituyen el acompañamiento profesional.
Sin guía adecuada, pueden encontrarse con contenidos que normalizan prácticas dañinas, confunden, o incluso promueven salidas peligrosas al dolor. Cuando una adolescencia está vulnerable emocionalmente, la información incorrecta puede convertirse en un riesgo real.
Por eso es tan importante transmitir un mensaje claro: pedir ayuda profesional es válido, necesario y urgente ante cualquier situación o malestar persistente que sentimos que nos desborda y no podemos solucionar.
Nombrar correctamente también es prevención
En el lenguaje cotidiano se han normalizado expresiones como “estoy depre” para referirse a aburrimiento o frustración. Esto trivializa una condición clínica real y genera confusión. Educar emocionalmente implica enseñar que sentirse triste es parte de la vida, pero que la depresión es otra cosa y merece atención especializada.
Acompañar salva procesos
La prevención en salud mental se construye desde el vínculo. Infancias y adolescencias necesitan personas adultas disponibles emocionalmente, capaces de escuchar sin juicio, validar sin minimizar y actuar sin miedo.
Acompañar implica:
Crear espacios seguros para hablar
Validar emociones, aunque incomoden
Enseñar a nombrar lo que sienten
Mostrar que pedir ayuda es un acto de fortaleza
Buscar atención profesional cuando sea necesario
La salud mental es parte del bienestar integral.
La depresión no es debilidad.
No es exageración.
No es falta de voluntad.
Y cuando una infancia o adolescencia encuentra personas adultas que realmente escuchan, el camino puede transformarse. Acompañar a tiempo no solo previene daños mayores: puede salvar procesos, vínculos y proyectos de vida.








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