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Machismo y feminismo en voz de adolescencias

La violencia contra niñas, adolescentes, mujeres adultas y mayores es el motivo por el que un 8 de marzo más saldremos a las calles millones de nosotras en el mundo. Queremos hacer una pausa para traer a la discusión lo que da origen a las interminables agresiones: el machismo; y con lo que lo enfrentamos: el feminismo. Compartir las reflexiones que adolescentes de 13 y 14 años hacen al respecto en nuestros talleres es una manera de afirmar que estas generaciones tienen conciencia de lo que les estamos heredando.



Ellos y ellas saben que hay hombres y mujeres machistas. Definen machismo como “la ideología que cree que una mujer no tiene poder, es vulnerable e inferior y no tiene los mismos derechos que un hombre”, “es cuando a las mujeres no las dejan dar su opinión o expresarse y les dicen que calladitas se ven más bonitas”.


Cada que tratamos el tema, el aula se convierte en una mini sociedad donde resuenan los mensajes que circulan en lo macro. La diferencia es que en este pequeño mundo nos escuchamos y dialogamos, lo que permite a hombres adolescentes sentirse en lugar seguro para expresar lo que el machismo les hace perder: “nos quita la libertad de expresar sentimientos”, “no podemos quebrarnos”, “se espera mucho de nosotros, como que tenemos que proteger a la mujer”, “sólo nos permiten expresar el enojo, la ira o el odio”, “mi papá todo lo expresa en enojo”, “el mío se molesta por todo”, “se nos prohíbe ser débiles”, “no podemos expresar tristeza ni llorar”, “como dice la canción de The Cure ´Boys Don´t Cry´” (https://www.youtube.com/watch?v=_j-K57XPCTk) El machismo, insisten, nos hace mal a todas las personas.


La mayoría de las veces estas adolescencias identifican que el feminismo es la ideología que busca eliminar las desigualdades entre los géneros; sin embargo, de repente aparece alguien que no está de acuerdo: “el feminismo no ayuda mucho, es lo contrario del machismo, pero en el mal sentido, las mujeres se quieren defender, pero causan más problemas, hasta han matado a hombres en las marchas, nada más por cruzar por ahí”. Si más hombres se animan a hablar por la misma línea agregan: “bueno, no matan personas, pero sí destruyen”, “me dio vergüenza ver el centro con vidrios rotos como si fuera una guerra, no sé si es la solución correcta”, “entiendo que luchen por sus derechos, pero que no lo hagan de una forma agresiva”, “las mujeres piden respeto y no lo dan”.


Ese puede ser el momento en que aparecen las voces que reproducen discursos mediáticos que desinforman: “hay feminazis, que piensan que las mujeres son mejores que los hombres y quieren acabar con ellos”. Por fortuna, comentarios así se asoman pocas veces, y cuando sucede, hablan quienes han puesto atención a sus clases de historia: “lo de feminazi es un término malo, estás igualando un movimiento de equidad con el nazismo, con algo que hace referencia a Hitler”, “los alemanes acabaron con una parte de la población, ¿quién está saliendo a exterminar a los hombres?”.


Apagada esa confusión, vuelven las enfáticas que se dirigen a los asustados porque en las marchas feministas matan hombres. De inicio, los cuestionan: “¿por qué dices eso?”, “¿has ido a alguna marcha?”, “¡claro que no! si eso pasara, estarían prohibidas”. Y hablan con conocimiento de causa, pues cada vez más nos encontramos con generaciones cuyas mamás, tías, primas, incluso abuelas, las han llevado a las movilizaciones del 8M.


De entre ellas es de donde sale la afirmación lapidaria: “las marchas son necesarias porque en muchos casos, si las mujeres se revelan, las matan”.


Y llegan así los argumentos de por qué es necesario el feminismo en sus diversas expresiones: “dicen que por qué no lo hacen pacífico, pero ya se intentó hacerlo así y la gente no lo toma en serio”, “en las noticias solo te muestran lo malo”, “en las marchas feministas hay hombres, van de morado llevan carteles porque les desaparecieron a su hija”, “a mí me parece bien dañar monumentos porque no hacen caso, no importa tanto dañar un pedazo de piedra, no es para vandalizar, es para que te escuchen”, “es mejor protestar que iniciar una guerra”, “la violencia debería de parar, pero con justicia en la vida real, para que no sea necesario rayar monumentos”.


Sin duda las adolescencias están mirando cómo nos relacionamos, y tristemente también viven la violencia en su propia piel: “yo he tenido que renunciar a muchas cosas, por ejemplo a vestir como quiero”, “yo renuncié a sentirme segura al caminar en la calle”, “a mí me han acosado”, “a mí me golpearon por defender a mi prima”… Por ello se cuestionan lo que nos sirve y lo que ya no. Son protagonistas de lo que ocurre, las generaciones que construirán el nuevo orden donde, esperamos, nadie ejerza poder sobre nadie.

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