Colegio Cervantes ¿Cuál es nuestra responsabilidad?


“Jugar videojuegos violentos puede provocar que un niño salga a matar a otros”, es una justificación simplista y falsa para lo que ocurrió en Torreón con el niño de 11 años que disparó a profesores y compañeros y después se suicidó.


No existe evidencia científica que confirme que el contacto continuo con videojuegos violentos causa el salir a matar a personas en la vida real. Sin embargo, es tentador creer que así es, porque apuntamos nuestro dedo acusador hacia otro lado para evitar pensar que tal vez somos corresponsables de que eventos así ocurran.


No afirmo que entrar en contacto con contenidos violentos sea positivo o que no incida ­

–como otras experiencias en la vida– en desensibilizarnos respecto a la violencia. Siempre me he preguntado cómo es que una sociedad tan violenta como la nuestra le enseña a sus niños a divertirse con ella, en lugar de cuestionarla. En realidad, lo que refleja que un niño prefiera jugar por horas con videojuegos violentos es la pobre calidad de su relación con sus personas significativas, con las que renuncia a pasar su tiempo al estar frente a la pantalla.


Deberíamos guardar un minuto de silencio por la maestra y los niños que murieron, por sus familiares y la comunidad educativa que vivió algo tan doloroso. Un minuto que nos lleve, también, a la reflexión de la sociedad que somos y que ha permitido que esto ocurra.


Tenemos mucho que hacer para que no se repitan eventos así en el futuro. Por un lado, es indispensable que padres y madres de familia trabajemos de la mano con la escuela a la

que asisten nuestros hijos, ser un equipo y no enemigos que se culpan unos a otros por todo lo que aqueja a la infancia. Es imposible que los colegios se hagan cargo de la violencia cuando esta tiene raíces profundas en la vida familiar de los niños, cuando hay ausencia emocional por parte de sus padres.


Por otro lado, el trabajo en las escuelas es fundamental para realizar prevención y modelar formas positivas de resolver los conflictos. Muchas veces no actúan como deberían por el miedo de recibir críticas prepotentes y demandas por parte de las familias. Por ejemplo, ¿cuántas veces como padres insistimos en expulsar al niño con problemas para que no contamine al nuestro?, ¿cuántas, en los chats escolares, acribillamos al menor, al profesor o al colegio por no expulsarlo? No entendemos como comunidad, que todos los niños son nuestra responsabilidad. También es cierto que a veces la escuela no cuenta con el personal ni los programas psicológicos necesarios para hacer frente a las problemáticas de sus alumnos, porque como sociedad no le damos importancia a la salud mental.


Igualmente importante es generar en nuestros hijos e hijas agentes de cambio solidarios, que sean empáticos con sus compañeros para poder solicitar ayuda en su nombre, si ven que la necesitan.


Al Estado mexicano le toca plantearse seriamente estrategias efectivas para frenar la violencia ­–empezando por ejemplo, con el acceso tan fácil que se tiene a las armas–, aunque esto también es una corresponsabilidad social. ¿Cómo esperamos que no se replique en las escuelas la violencia brutal que se vive en las calles? A veces los modelos violentos son aquellos a los que aspira un menor como meta en la vida, frente a la impunidad que impera y la realidad que vive.

En pocas palabras, debemos reconstruir el tejido social que se ha roto, volver a sentir que la realidad de los otros importa tanto como la nuestra, ser un refugio de esperanza para aquel que nos necesita. Un evento como el que ocurrió nos ha gritado a la cara que hemos fallado, que debemos generar mundos mejores para todos hoy.


*Fotos tomadas de Internet, autoría: Agencia REUTERS

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