Quiero que mi hijo sea feliz

Por Elena Laguarda Ruiz

 

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    Últimamente me he encontrado con un discurso singular entre los padres de familia. De pronto en las conferencias hacen preguntas como: “¿Qué pasa si no lo dejo ver esa película que todos sus compañeros ven? Eso sólo lo va a aislar”. “Me preocupa que mi hijo no pueda hacer amigos porque no lo dejo ir a las mismas fiestas”. “¿Por qué tendría que poner un límite en esto? Sólo voy a lograr que lo excluyan”. “Y quiero que sea feliz”.

A veces tenemos tanto miedo de que sufran que incluso nos cuesta trabajo establecer límites. Cuántas veces después de un regaño y de establecer consecuencias nos sentimos culpables y terminamos retirando el castigo antes de tiempo, “pobre, la verdad sí lo castigué fuerte, pero iba a perderse la fiesta, se esforzó, y lo perdoné”. A veces es tanto nuestro afán de erradicar el dolor de su vida que vamos esterilizando los ambientes en donde se desenvuelve, “que nadie le hable feo, que no le exijan demasiado, que el profesor lo vea bonito y que no sea injusto con él dejándole demasiada tarea”.

Otro factor es el intentar que nada les falte, queremos brindarles todo aquello que a veces nosotros no tuvimos, incluso, antes de que lo pida. Pareciera que se ha puesto de moda, como objetivo en la paternidad, lograr niños felices y últimamente me cuestiono si ese debería de ser el motor de nuestra educación parental. Si lo pensamos con mayor profundidad, y nos preguntamos cómo queremos que sea nuestro hijo en el futuro sin anteponer la palabra felicidad, tal vez veamos que surgen en nuestra mente conceptos como: autosuficiente, responsable, capaz de tomar decisiones asertivas, cuidar de sí mismo, que haga lo correcto, capaz de defender aquello que quiere, que sepa establecer límites, que tenga relaciones equitativas y de crecimiento. Es entonces cuando la palabra felicidad en la vivencia cotidiana puede incluso estorbar para lograr estos objetivos. Creo que hay algunos puntos importantes que debemos tomar en cuenta en la educación que hoy estamos brindando para lograr lo anterior.

Los límites expresan nuestro amor por él

Puedo asegurar que ningún adolescente va a despertar una mañana de la nada y se va a decir a sí mismo, “creo que hoy amanecí con ganas de postergar y decirle que no a mis amigos”. Permitirle a un niño o adolescente que decida qué hacer y se ponga límites a sí mismo es decirle, “no me importa lo que suceda con tu vida”. Ellos necesitan contención. ¿Cuántas veces no nos pasó que dejamos de hacer cosas que nos hacían daño o nos ponían en riesgo, sólo por pensar lo que nos pasaría si nuestros padres se enteraran? Los niños deben aprender a ponerse límites a sí mismos y a postergar. Cuando le digo que NO a un hijo, y le explico las razones para mi negativa, le mando el mensaje, “porque te quiero te cuido”; esto lo llevará en el futuro a ser capaz de decirse a sí mismo “porque me quiero me cuido”, y decir NO a cosas que aún no debe vivir o pueden hacerle daño.

Permítele vivir las consecuencias

Últimamente, he encontrado padres de familia que hacen todo por evitar que los hijos vivan las consecuencias de sus actos, desde hacerles la tarea para que puedan entregarla al día siguiente, hasta levantarle un castigo cuando sintieron que su hijo estaba arrepentido de haber roto el límite. La realidad es que cuando cubro hasta ese grado las necesidades de un hijo el mensaje que le estoy enviando es, “eres incapaz de resolver las cosas por ti mismo, no confío en ti ni en tu capacidad de logro”. Esto genera niños que, por un lado, desarrollan una inseguridad interna y tienen miedo de enfrentar los retos y, también, se vuelven déspotas y no quieren salir de su zona de confort exigiendo siempre que hagas todo por ellos.

El diálogo no es una consecuencia

A veces los padres confundimos límites con enojo. Pensamos que si les gritamos les dejaremos en claro que no deben volver a hacerlo. Cuando les gritamos van dejándonos de escuchar, cierran su mente cada vez que subimos el tono de voz. Por otro lado, hay padres que piensan que hablar con él y explicarle el por qué no debe de hacer las cosas ya es una consecuencia que lo libera de enfrentar un “castigo”. Si bien el diálogo es fundamental en la educación, no es una consecuencia. Había una mamá que me preguntaba: “¿Hice bien en levantarle el castigo y dejarla ir a la fiesta?. Me prometió que no lo iba a volver a hacer”. Puedo escucharlo al pedir perdón por lo que hizo y reflexionar sobre por qué no lo volvería a hacer, pero no es suficiente como para que le levante la consecuencia. De hacerlo así, sólo estaré generando personas que sepan decir aquello que yo quiero escuchar para liberarse del castigo.

El dolor y el sufrimiento es parte de la experiencia de crecer

No podemos evitar que nuestros hijos sientan dolor; de hecho, si tratáramos de evitarlo les estaríamos quitando la posibilidad de crecer. Muchas veces tratamos de darles lo que quieren o evitamos ponerles límites para ahorrarnos las lágrimas, el enojo o berrinche que vendrá como consecuencia. Vamos generando niños con una tolerancia a la frustración mínima, que esperan recibir sin dar nada a cambio. Frecuentemente escucho a adolescentes hablar por horas del dolor que les genera que las cosas no salgan como ellos quieren, sin preguntarse qué deberían de hacer ellos para lograr que las cosas sucedan. No sólo son importantes los límites, sino generarles experiencias de vida que les permitan dimensionar su propio dolor y realidad. Involúcralo con causas sociales, en donde sea capaz de vivir las necesidades y el dolor del otro, que encuentre proyectos de personas que están tratando de cambiar al mundo y sea partícipe de eso. Saquémoslo de su propia necesidad para contemplar la del otro.

Hacer lo correcto puede llevarte a estar solo

Se ha satanizado la posibilidad de que los hijos sean rechazados o excluidos del grupo de amigos. Todos, en algún momento, sufrimos rechazo y es importante que tenga la fuerza para decirle NO al grupo cuando éste haga algo que atenta contra sus valores. Estar solos a veces es una consecuencia que se vive por hacer lo correcto, por defender los propios valores y cuidar de nosotros mismos. Este es un mensaje que debemos enviarles continuamente, que no tengan miedo de estar por su cuenta, o de buscar la posibilidad de tener otros amigos que no los lleven a tener conductas de riesgo.

Hambre de vivir

Cuando le damos todo a un hijo, incluso antes de que lo pida, le estamos quitando la posibilidad de desear e incluso de luchar por lograr lo que quiere. Muchas veces me enfrento a adolescentes apáticos, sin metas ni propósitos. Invitar a un hijo a luchar por aquello que quiere —hacer un plan, trabajar y ahorrar—, hace que cuando obtenga aquello que quería, no sólo lo disfrute, sino que se sienta orgulloso por haberlo logrado. Brindarle la posibilidad de tener sueños y luchar por ellos, de tener metas a corto y largo plazo lo hará una persona que se cuide más de ponerse en riesgo, pues tendrá un por qué vivir y luchará en consecuencia.

Finalmente, nuestro objetivo no debería de ser que sean felices, pues cada uno es responsable de generar su propia felicidad. Nuestro papel debería ser darles las bases y la estructura para que puedan con el tiempo generar una confianza y amor propios bien plantados, para procurarse espacios y relaciones sanas que los ayuden a crecer y, con suerte, ser capaces de generar espacios de bienestar para otros.

Foto tomada de http://revista.consumer.es/web/es/20090101/interiormente/74446.php